martes, 5 de marzo de 2013

Puedes contar conmigo (AntonioxArthur)


“Un café con sal, ganas de llorar.
Mi mundo empezando a temblar, presiento que se acerca el final.
No quiero ganar, ahora eso que mas da,
Estoy cansada ya de inventar excusas que no saben andar”


La rabia, la frustración, el dolor, todas las emociones negativas que podía sentir una persona se encontraban en su interior tras esa noticia. Desde hacia tiempo la sombra de la sospecha había estado planeando sobre ellos, por supuesto en un principio pensó que solo eran imaginaciones suyas. Aunque interiormente sabía muy bien qué era lo que estaba pasando. Durante mucho tiempo trató de olvidar los pensamientos que no hacían más que confundirle, confiaba en Arthur y no le importaba quién se interpusiera entre ellos, no iba a dejarle marchar.  A pesar de toda su confianza, de todo el amor que sentía, lo que ya había podido deducir desde hacía tiempo había terminando pasando.


Durante los años que llevaban juntos el inglés había sido el pilar central de su vida sentimental y ahora notaba como se pilar se había ido resquebrajando hasta romperse por completo, no era la primera vez que eso sucedía, pero esta había tenido un especial impacto. Los muebles y objetos de su habitación sintieron todo el impacto de su dolor, en cada una de las estanterías y rincones de la casa se encontraban los distintos regalos que Arthur le había otorgado, los regalos que una vez le causaron la mayor de las alegrías ahora eran como agujas que se clavaban en su pecho haciendo sangrar las heridas de su corazón. Aparto de su vista todos los objetos que le recordaran a el, ¡no quería verlos!


“Y solo quedarán los buenos momentos de ayer que fueron de los dos
Y hoy solo quiero creer…
Que recordaras las tardes de invierno por Madrid,
Las noches enteras sin dormir,
La vida pasaba y yo sentía que me iba a morir de amor,
Al verte esperando en mi portal sentado en el suelo sin pensar que puedes contar conmigo”


Su mente poseía miles de recuerdos con el rubio, unos mas alegres y otros más tristes pero al fin y al cabo todos ellos eran recuerdos que quería conservar. Sabía de primera mano que el tiempo acabaría por curar sus heridas pero mientras eso ocurría debía ser fuerte, el único consuelo que le quedaba en ese momento era pensar que al menos todos los recuerdos y los sentimientos que habían compartido significaran algo para el británico y que no los desechara como si fueran papeles viejos. Lo que más le había dolido de aquella situación eran las mentiras, hubiera sido todo mas fácil si no se hubiera obcecado en mentirle, la verdad hace daño, pero las mentiras a la larga dañan más.


Durante un tiempo le pareció que su propia capital estaba en su contra, había paseado tanto tiempo por las calles de su ciudad con el ingles que ahora era incapaz de andar por una de sus calles, ¡por su propia casa! Sin pensar en el. Arthur había ocupado cada uno de los rincones de su vida y ahora le estaba resultando sumamente difícil superar esa situación, se había centrado en sus obligaciones buscando mantener su mente lo suficientemente ocupada, ni siquiera cuanto tiempo había pasado desde que se separaron aunque en su caso, como en el de cualquier otro país, el tiempo era relativo.


“Nunca hubo maldad, solo ingenuidad,
Pretendiendo hacernos creer que el mundo estaba a nuestros pies.
Cuando el sueño venga a por mi en silencio voy a construir
Una vida a todo color donde vivamos juntos los dos”


Realmente ninguno de los dos quisimos hacernos daño, fueron un conjunto de situaciones. Si alguna vez Antonio había llegado a dañar al británico podía jurar por su propia vida y sus habitantes que no lo había pretendido, así mismo el español conocía el carácter de Arthur y sabía que el daño que le pudiera haber causado no era intencionado, al menos eso esperaba. Durante una de sus tantas noches en solitario había estado rememorando, cuanto más pensara más decaía su ánimo pero de vez en cuanto algún dato o cualquier pareja feliz que viese por la calle le traían a la mente los miles de planes para el futuro que ahora se quedaban guardados en un cajón.


Era más que consciente de que su relación no podía durar para siempre, al fin y al cabo ambos eran países, tenían sus propias obligaciones y por supuesto dependían demasiado de las relaciones que mantuvieran sus habitantes y dirigentes, aún así quisieron ser inocentes, se vendaron los ojos a sí mismos y crearon un futuro juntos, uno en el que no iban a separarse jamás. Que inocentes habían sido creyendo su cuento de hadas, pero aun con todo eso a Antonio le gustaba sentarse y recordar sus planes, le hacían sonreír y le hacían llorar, pero seguían siendo los planes de los dos.


“Y solo quedarán los buenos momentos de ayer que fueron de los dos
Y hoy solo quiero creer…
Que recordaras las tardes de invierno por Madrid,
Las noches enteras sin dormir,
La vida pasaba y yo sentía que me iba a morir de amor,
Al verte esperando en mi portal sentado en el suelo sin pensar que puedes contar conmigo”


El tiempo había pasado y el dolor se iba diluyendo lentamente, a pesar de que aun tenia muchos momentos en los que la tristeza se apoderaba de el estaba orgulloso por poder decir que ahora era capaz de pensar en el ingles y su nueva pareja sin desearles el peor de los finales. Por suerte no había tenido que encontrarse cara a cara con ellos pero sabia que no estaba preparado para hacerlo, era capaz de enfrentarse solo al ingles, después de todo lo había hecho a lo largo de los siglos, pero el antiguo imperio español no se veía capaz de aguantar con entereza una muestra de cariño entre Arthur y Kiku, se había mentalizado a si mismo de que en algún momento tendría que verlos, no podía estar rehuyendo las reuniones constantemente, y sin embargo aunque en su mente fuera capaz de aguantar la escena con entereza la realidad era muy distinta.


A pesar de todo entre unas reacciones y otras, mezclado con sus propios pensamientos, seguía teniendo la esperanza de que en algún momento todos los recuerdos de las cosas bellas que habían vivido juntos volvieran con fuerza a la mente del ingles y le ayudaran a calmar esta situación.


“Y no puedo evitar echarte de menos mientras das la mano a mi tiempo y te vas.
Yo siento que quiero verte y verte y pienso
Que recordaras las tardes de invierno por Madrid,
Las noches enteras sin dormir,
La vida pasaba y yo sentía que me iba a morir de amor,
Al verte esperando en mi portal sentado en el suelo sin pensar que puedes contar conmigo”


Después de un largo camino había conseguido quedarse en una posición bastante decente. Sin duda debía agradecérselo a todos aquellos que habían estado a su lado continuamente, desde Francis y Gilbert hasta los poco considerados momentos cariñosos con Lovino. El mayor crédito a su estado de animo actual lo tenía ellos, si o hubiera sido por su ayuda seguiría estancado en el mismo sitio, o peor aun habría sucumbido ante la situación. Definitivamente Antonio se sentía afortunado por tenerlos a su lado.


Mientras estaba en la cocina comiendo con el resto del Bad Trio recordó uno de los planes de convivencia que tenía con el ingles y se sorprendió a sí mismo al ver que no le apenaban, si no que le eran indiferentes, ahora mismo estaba teniendo otro proyecto de convivencia temporal con sus amigos, que se negaban a dejarle solo incluso en los momentos mas íntimos fisiológicamente hablando, así que por primera vez en meses pudo sonreír con verdadera alegría, no se merecía a la gente que tenia a su alrededor, les quería más que a nada.


“Que recordaras las tardes de invierno por Madrid,
Las noches enteras sin dormir,
La vida se pasa y yo me muero, me muero por ti”


El Sol le daba directamente en la cabeza mientras recogía sus adorados tomates, la mañana era tranquila y agradable por lo que decidió dedicarla a una de sus grandes pasiones. Tras recolectar una buena cantidad de la jugosa hortaliza regreso al interior en su casa secándose el sudor con el dorso de la mano. Nada mas entrar se giro con curiosidad hacia el teléfono que había empezado a sonar como si le hubiera estado esperando, aparto la canasta con tomates mientras contestaba con voz alegre, le sorprendió oír la voz de Arthur al otro lado pero no le dio importancia, hacia tiempo que la situación se había calmado y no verse durante un buen tiempo le había ayudado a olvidar miles de momentos dolorosos, ahora podía hablar con el con toda la calma del mundo, aunque internamente recordase los buenos momentos a su lado, ¿pero cómo no iba a hacerlo? El era el país de la pasión y no podía olvidar tan fácilmente su pasión por alguien y la que había sentido por el inglés era tremendamente fuerte, por lo que guardaría siempre un lugar en su interior. Antonio lo sabia y le gustaba saber que el recuerdo se quedaría ahí pero el mundo seguía girando y el giraría con el.

viernes, 1 de marzo de 2013

En el coliseo (Imperio Romano-Hispania)


Antes de empezar aclaro que los estudios que he realizado de la historia española me han llevado a considerar a Antonio también como Hispania,  por lo que esto es lo que aparecerá en el fic.

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En el coliseo


La sangre volaba por los aires y caía sobre la ardiente arena del recinto, los gritos se extendían por el aire, la gente aclamaba a sus favoritos esperando con ansiedad el momento en el que se alzaran victoriosos. Desde el palco imperial tenia una completa visión de todo lo que ocurría en la arena, normalmente los niños eran obligados a ponerse en la parte mas alta del coliseo junto a las mujeres por miedo a que la sed de sangre entrara por sus ojos, pero ser prácticamente el hijo del Imperio Romano tenia que tener sus ventajas.  El llamado Imperio Romano sonreía desde su asiento, no solo por el espectáculo que les era brindado a el y al resto de los ciudadanos de Roma, si no por la escena en la que uno de sus protegidos se inclinaba sobre la barandilla para tener una mejor visión del espectáculo. A diferencia del resto de sus protegidos el chico castaño, que disfrutaba tan fervientemente de los combates, era especial, por supuesto no se refería que fuera especial solo por cuestiones de afecto, si no porque sabia que llegaría lejos.


El resonar de las espadas podía oírse en todo el recinto resonando en los oídos de cada espectador, los ahogados gritos, todo ese ambiente hacia que su sangre hirviera, deseaba coger una espada y lanzarse a la arena para demostrar que el también podía ser aclamado como los hombres que estaban luchando en ese mismo momento, sin embargo sabia que hacer eso implicaría una buena bronca y su posterior castigo así que se conformo con disfrutar del calor de la tarde mientras veía la batalla en primera línea. Roma no podía negar que la pequeña nación que se encontraba disfrutando de los juegos era, sin duda alguna, el mas prometedor de todos sus protegidos, a su lado se encontraban Galia y Bretaña que intentaban mirar lo menos posible a la arena, tanto uno como el otro eran aún jóvenes y parecía que la simple idea de ver a dos hombres luchar a muerte por algo tan preciado como era la libertad les espantaba.


Tras el fin de los actos programados para ese día optaron por regresar a casa, el ala destinada a su uso dentro del palacio del emperador en Roma estaba dispuesta para que los jóvenes países  se mantuvieran cerca de su protector durante el tiempo que se encontraran dentro de la capital del imperio. No eran muchas las ocasiones que tenia para disfrutar de la compañía de sus pequeños por lo que se alegraba de mantenerlos a su lado, al menos hasta que los juegos inaugurales del nuevo anfiteatro Flavio concluyeran, serian cien días de grandes espectáculos en los que lo mas confortante para el romano seria estar rodeado de esos niños que había conseguido ganarse después de tanto esfuerzo.


Hacia a penas unos minutos que habían dado por finalizado el banquete de esa noche, Roma tenia la costumbre de pasear por los jardines, los mas pequeños habían comido antes y hacia bastante que se encontraban en sus habitaciones pero mientras el mayor caminaba por los terrenos anexos al palacio no pudo evitar desear que estuviesen con el en ese momento y poder disfrutar juntos de la agradable brisa y el paisaje del que gozaba. El sonido de movimiento tras unos arbustos le hizo ponerse alerta, sin embargo al agudizar el oído pudo percibir una respiración agitada, lo mas lógico hubiera sido ignorarlo ya que seguramente se tratase de un par de jóvenes expresando su amor entre los matorrales pero la curiosidad fue mas fuerte que el y un par de segundos después estaba acercándose con sigilo al matorral. Lo que vio allí le dejo sorprendido, Hispania se encontraba dando golpes al aire usando un palo a modo de espada, Roma sonrió observándole, a pesar de no tener experiencia en combate el chico no se movía mal, seria un buen guerrero.

-Si eso pretende ser una espada deberías sujetarla mas abajo- el pequeño castaño se giro sorprendido ante la voz que le hablaba, antes de establecerse en ese lugar se había asegurado de que no hubiera nadie alrededor-  Aunque también deberías estar con tus hermanos y no aquí solo.


La frase del adulto pudo haber sonado como un regaño si no fuera por el tono jovial que utilizo. Salio de los arbustos acercándose al menor y arrodillándose a su lado procurando que colocara las manos de forma correcta y ayudándole a dar un nuevo golpe al aire, el cual resultó ser mucho mas preciso y fuerte que los anteriores. Hispania miraba al hombre que se había convertido prácticamente en un padre para el, al principio no estaba seguro de querer pasar a estar bajo su mando, pero con el tiempo había acabado cogiéndole muchísimo cariño, no era tan malo como le habían dicho y él se divertía mucho estando a su lado.


-Pater- llamo el menor en un tono suave girando el rostro para mirar cara a cara al mayor- ¿Cuándo me enseñaras a luchar?


Los combates que ese día habían presenciado fueron suficientes para hacer que el instinto guerrero que aun no se había desarrollado en el menor saliera a la luz, lejos de resultarle extraño, a Roma esto le agradaba, sabia de sobra que el castaño no era como sus hermanos, el era muchísimo mas dado a la batalla y tendría grandes conquistas, por supuesto el Imperio Romano no pretendía caer nunca, pero si lo hacia sabia que tendría un gran sucesor y ese era el jovencito que se encontraba a su lado.


-¿A qué viene este repentino interés por el combate? - pregunto el mayor encarando una ceja. Estaba seguro de conocer la respuesta a su propia pregunta, pero quería oírla de la boca del hispano.


-Hoy en el coliseo… cuando vi lugar a los gladiadores, pensé que quería ser como ellos- no podía olvidar la fuerza que desprendían esos hombres, no era una batalla cualquiera, los dos estaban luchando por su libertad. El mismo era una nación y estaba seguro de que un día también tendría que luchar por su propia voluntad, así que debía estar preparado- Quiero aprender a luchar porque quiero ser como ellos- Sin embargo su propia supervivencia no era lo único por lo que el hispano buscaba la habilidad para luchar, sabia que muchos de esos hombres tenían familia o podían formar una si ganaban su libertad, incluso el lo había sentado en sus propias carnes durante los combates del castaño mayor, lucharía por proteger lo que le importaba- Si me hago fuerte podré proteger a los que viven en mi casa.


Que Roma se quedase sin palabras era algo que no sucedía muy a menudo, normalmente siempre tenia un as en la manga para contestar a cualquier cosa, pero eso le había tomado totalmente por sorpresa. Hispania se caracterizaba por ser el mas alegre y despreocupado de sus protegidos por lo que una confesión tan profunda fue algo que le impresionó y al mismo tiempo le llenó de orgullo, no se había equivocado si alguien era digno de llevar el legado de su imperio era ese pequeño. Podía ver la decisión en los ojos del menor, seria grande, muy grande.


Cuando la ligera brisa le dio en la cara no pudo evitar volver a abrir los ojos, miles de recuerdos estaban llegando a la mente de Antonio, ese lugar le traía tantas imágenes a la cabeza que se sentía incapaz de ponerlas en orden. Se encontraba en Roma para asistir a una reunión importante, pero ese día había conseguido librarse de la compañía y encontrar un rato para deambular por la ciudad que le traía tantísimos recuerdos que no estaban relacionados solo con su anterior protegido, si no también con el hombre que le había ayudado a ser lo que era ahora. Miró a su alrededor con una sonrisa triste adornando sus labios, se encontraba en el Coliseo Flavio, el mismo que una vez había albergado un gran numero de espectáculos, los cuales había visto con sus propios ojos, le resulto curioso que actualmente tuviera que pagar para entrar a un sitio que conocía totalmente de memoria pero había valido la pena por los recuerdos que le llegaban.


-Te dije que un día estaría en la arena pater - susurro al viento sin dejar de mirar el lugar donde un día estaba el palco imperial, conocía las esperanzas que había puesto en el y aunque las cumplió durante un tiempo no pudo evitar caer, igual que lo había hecho el Imperio Romano antes.


A pesar del tiempo que había pasado su cultura aun permanecía dentro de la suya en muchos aspectos y, aunque sus habitantes no se dieran cuenta, a pesar de las invasiones y las dificultades todos ellos eran descendientes de ese gran hombre que una vez fue considerado el mas poderoso del mundo. Sus ojos aceituna se posaron por ultima vez en las gradas y la sonrisa triste que antes portaba ahora paso a ser una totalmente sincera, habría jurado verle entre las piedras y aunque fuese una ilusión se quedaría con ese recuerdo.


-Ya has pasado mirando el mismo punto durante mucho tiempo Chéri.


El rostro del español se giro hacia la voz familiar que le hablaba, al parecer no era el único en tener la idea de pasar por allí, Arthur y Francis ahora se encontraban a su lado mirando igualmente el punto fijo entre las rocas. Ninguno de los tres olvidaría esa época, por mas que pasara el tiempo ellos mismos recordarían mucho mas de lo que contaban los libros de texto o documentos de la época, ellos habían conocido esa época en persona y en mayor o menor medida, aunque la gente olvidara sus orígenes, ellos seguían teniendo presente en su mente al gran hombre que los cuido.


Pasados unos minutos finalmente los tres se volvieron para seguir su camino, no necesitaban ver nada mas, observar durante un momento el coliseo había sido suficiente. Un par de ojos acompaño el movimiento de los tres en su trayecto hacia la salida del edificio, la sonrisa en su rostro era bien visible, Roma estaba orgulloso, ahí iban sus tres pequeños ahora convertidos en verdaderos hombres. Antes de los tres países abandonaran finalmente el edificio la antigua nación se levanto haciendo el gesto de aprobación que tantas veces había hecho su emperador en ese mismo lugar y dejando que el viento se lo llevara a los tres mientras salían por la puerta de la vida.


FIN